S. Ignacio de Loyola



El 31 de julio se celebra la fiesta de san Ignacio de Loyola, uno de los santos patronos de la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid 2011. Descubre su vocación al sacerdocio mientras yacía convaleciente de las heridas recibidas durante una batalla.

Año 1521. Pamplona está ocupada por el ejército francés. Proponen que se rinda el castillo. Herrera pide hablar con el jefe de las tropas francesas, y lleva consigo a tres de los defensores. Uno de ellos, Iñigo, "disuadió también el acuerdo por parecerle vergonzoso, y así fue causa de que se pusiesen en armas y se combatiese el castillo". Recibe una bombarda en una pierna, "y porque la pelota pasó por entre las dos piernas, también la otra fue mal herida".

Este joven vasco tiene que darse temporalmente de baja, ingresa en un hospital, es operado. Sufre dolores fuertes, muy fuertes. "Nunca habló palabras, ni mostró otra señal de dolor que apretar mucho los puños". Su situación es grave, hasta el punto que los médicos le aconsejan que se confiese, y "que, si hasta la media noche no sentía mejoría, se podía dar por muerto". La noche de San Pedro comienza a sentir alivio: sale de peligro de muerte.

Sin embargo, la operación no ha salido del todo bien: "le quedó debajo de la rodilla un hueso montado sobre otro, por lo cual la pierna quedaba más corta; y quedaba allí el hueso levantado, que era cosa fea; lo cual él no lo podía aguatar porque estaba decidido a seguir el mundo, y juzgaba que aquello le afearía. Se informó con los cirujanos si se podía cortar aquello; y ellos dijeron que claro que se podría cortar, pero que los dolores serían mayores que todos los que había pasado, por estar aquello ya sano, y ser necesario espacio para cortárselo. Y sin embargo él se decidió a martirizarse por su propio gusto".

Esta segunda operación prorrogó el tiempo de inactividad y reposo de convalecencia. Era dado a la lectura. Pidió libros. Le dieron una Vida de Cristo y un libro de la vida de los santos (se trata de Leyenda aurea, un libro que todavía se edita). Cuenta que leía largos ratos, ratos que alternaba con otros "embebido -escribe él mismo- en pensar en ella (una chica) dos y tres y cuatro horas sin sentirlo, imaginando lo que había de hacer en servicio de una señora, los medios que tomaría para poder ir a la tierra donde ella estaba, los piropos, las palabras que le diría, las hazañas de armas que haría en su servicio".

Estas lecturas le llevaban, poco a poco, a pararse "a pensar, razonando interiormente: -¿Qué sería, si yo hiciese esto que hizo San Francisco, y esto que hizo Santo Domingo?-. Y así discurría por muchas cosas que hallaba buenas, proponiéndose siempre a sí mismo cosas dificultosas y graves, que cuando las proponía, le parecía hallar en sí facilidad de ponerlas por obra. Mas todo su discurso era decirse: Santo Domingo hizo eso; pues yo lo tengo que hacer. Duraban también estos pensamientos buen rato, y después. sucedían los del mundo, mencionados más arriba, y en ellos también se paraba grande rato".

Otra reacción de aquellos días: "gustando mucho aquellos libros, le vino al pensamiento sacar algunas cosas resumidas más esenciales de la vida de Cristo y de los santos; y así se pone a escribir un libro con mucha prontitud -porque ya comenzaba a levantarse un poco por casa-; las palabras de Cristo, en tinta colorada; las de Nuestra Señora, en tinta azul".

En poco tiempo irá a estudiar teología a París y fundará la Compañía de Jesús, para llevar a Cristo a todos los lugares del mundo. Muere en 1556, a los 65 años de edad.
Resulta interesante el punto de inflexión, la circunstancia de la que Dios se sirve, o mejor, la circunstancia que le permite abrirse a Dios y descubrirlo: el reposo y la lectura. Reposo y lectura de la vida de Cristo y de los santos.

¿Leemos el evangelio, cada día, aunque sean unos pocos versículos? Pero el evangelio tal cual. Es nuestro libro de mano. ¿He leído la vida de algún santo? Resulta sorprendente que a veces no conocemos ni siquiera la historia del santo del que hemos tomado el nombre. ¿Por qué no leer la vida, al menos, de mi santo? ¿y la del patrono de mi ciudad? ¿o la de alguno que me resulte más atractivo por el motivo que sea?

San Ignacio, te pedimos por toda la juventud. Que seamos ambiciosos, que seamos capaces de sufrir, que dediquemos tiempo al reposo, que conozcamos de primera mano el Evangelio, que leamos vidas de esos hombres que han sabido amarte y se han dejado modelar por ti. Pedimos a Cristo, con tu lema, que hagamos todo 'Ad maiorem Dei Gloriam', que vivamos para mayor gloria de Dios.

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